Hoy en Revista Dosis

Hace poco más un siglo, un médico inglés descubrió los fagos, virus que infectan bacterias. Ahora, científicos rosarinos los estudian para usarlos en la industria de alimentos. Aislaron seis que, reunidos en un novedoso cóctel, controlan el crecimiento en la leche y en la carne de dos de los principales microbios que causan diarrea y síndrome urémico hemolítico en la Argentina.

“Es el primer estudio que se realiza con esta combinación de fagos”, destacó a la Agencia CyTA-Leloir David Tomat, doctor en Ciencias Biológicas e investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas (FBIOyF) de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

Como a los antibióticos, las bacterias también pueden volverse resistentes a los fagos. Hasta ahora, los investigadores habían ensayado solo dos de estos virus, por separado y juntos. Con la nueva estrategia, aumentan las posibilidades de frenar el crecimiento de las bacterias porque es menos probable que adquieran resistencia a seis de ellos en simultáneo.

Los científicos probaron, entonces, la capacidad del cóctel para controlar la reproducción de las bacterias en la leche y en la carne a tres temperaturas distintas: 4 ºC, como en una heladera, 24 ºC y 37 ºC. Eligieron tres cepas de Escherichia coli de gran interés en la Argentina porque causan infecciones gastrointestinales al estar presentes en los alimentos o cuando estos se contaminan con material fecal por malas condiciones de higiene.

Comprobaron así que, en ambos alimentos, el cóctel fue muy eficaz contra estos microorganismos a las temperaturas más altas, pero un poco menos en frío. “Se podría usar esta tecnología alternando con otras, como el calor”, resaltó Tomat. Y explicó: “Después de un tratamiento con temperaturas elevadas para reducir la carga bacteriana antes del empaque o del sellado del producto, se pueden emplear los fagos para eliminar futuras contaminaciones”. También propuso combinarlos con limpiadores de mesadas de trabajo en la industria de la carne. “En estudios previos, encontramos que los fagos son resistentes a varios sanitizantes”, informó.

De acuerdo con Tomat, en otros países, sobre todo en Rusia, se usan fagos para tratamientos médicos, pero no en la industria de alimentos. Sin embargo, agregó que, con ese fin, la Administración de Alimentos y Medicamentos de los EE. UU. (FDA) ya aprobó varios productos a base de virus bacterianos, desarrollados por distintas compañías. “Recientemente, se creó una empresa en Santa Fe para producir fagos en gran escala, pero no conozco, por el momento, una empresa que esté aplicando esta tecnología en productos con destino a un consumidor en la Argentina”, señaló.

En colaboración con dicha entidad, los científicos planean incrementar la producción de fagos en una escala piloto. Previamente, deben hacer estudios del ADN de los fagos para asegurarse de que no contengan genes nocivos para la salud humana.

¿Podrían afectar la flora normal del intestino? Tomat respondió que se ha postulado que los fagos juegan un papel importante en mantener el equilibrio dinámico de multiplicación y muerte de esas bacterias. “Sin embargo, sería imposible evaluar la actividad de cada fago que tengamos en el laboratorio contra todas las cepas que pueden encontrarse y ser parte de nuestra flora habitual”, señaló.

Respecto del riesgo de alergias, aclaró que, al comer, el ser humano ingiere fagos constantemente, alrededor de 100 millones por gramo de alimento. “No los proponemos como terapia en humanos, sino como un método preventivo en alimentos, por lo que, si se ingiere algo, sería de manera indirecta y, por lo tanto, con una concentración menor a la inicialmente inoculada en el alimento, no muy lejana a la consumida de rutina”, aseguró.

Del estudio, publicado en la revista “Food Microbiology”, participaron también Cecilia Casabonne, Virginia Aquili y Claudia Balagué, del Área de Bacteriología de la FBIOyF (UNR), y Andrea Quiberoni, del Instituto de Lactología Industrial (Universidad Nacional del Litoral – CONICET).

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Una nueva investigación presentada en el Congreso Europeo sobre Obesidad (ECO, por sus siglas en inglés), que se celebra este año en Viena, Austria, sugiere que los niños obesos que consumen al menos dos porciones de cualquier tipo de leche de vaca al día tienen más probabilidades de tener menor insulina en ayuno, lo que indica un mejor control del azúcar en la sangre.

“Nuestros hallazgos indican que los niños obesos que consumen al menos la cantidad diaria recomendada de leche pueden tienen un mejor manejo del azúcar y esto podría ayudar a prevenir el síndrome metabólico”, dice el autor Michael Yafi, de la Escuela de Medicina McGovern en el Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Texas, en Houston, Estados Unidos. “Preocupantemente, solo uno de cada diez jóvenes en nuestro estudio consumía la cantidad recomendada de leche”, añade.

El síndrome metabólico se define como la presencia de al menos tres de cinco afecciones que elevan el riesgo de diabetes, la enfermedad cardiaca y el accidente cerebrovascular: presión arterial alta, niveles elevados de azúcar en la sangre o triglicéridos, exceso de grasa abdominal y niveles bajos de colesterol “bueno”.

Se cree que al menos un tercio de los estadounidenses padece síndrome metabólico, mientras que uno de cada tres niños y adolescentes estadounidenses tiene sobrepeso u obesidad. Estudios previos han demostrado que la leche protege contra el síndrome metabólico y la diabetes en adultos, pero los trabajos que analizan el efecto del consumo de leche sobre la salud metabólica y los factores de riesgo del síndrome metabólico en niños obesos son escasos.

Para investigar esto, el doctor Yafi y sus colegas evaluaron la ingesta diaria de leche y su asociación con niveles de insulina en ayunas, la hormona que estabiliza el azúcar en la sangre y un biomarcador para el riesgo de síndrome metabólico en niños y adolescentes obesos que asisten a una clínica de control de peso pediátrico. Un nivel alto de insulina es un signo de resistencia a la insulina o prediabetes, y también puede significar síndrome metabólico.

Realizaron una revisión retrospectiva de la historia clínica de 353 niños y adolescentes obesos de 3 a 18 años de edad entre diciembre de 2008 y diciembre de 2010. Se dispuso de información sobre la insulina sérica en ayunas para 171 niños en su primera visita. El equipo de investigación también registró información sobre la ingesta diaria de leche, los tipos de leche, el zumo de fruta diario y otras ingestas de bebidas azucaradas, la glucemia en ayunas y la sensibilidad a la insulina. Utilizaron un nivel normal superior de insulina en ayunas (19 microunidades por ml) para vincular los resultados a la resistencia a la insulina.

Más de la mitad de los participantes eran hombres, tres cuartos eran hispanos y tenían una edad promedio de 11,3 años. En promedio, solo uno de cada diez niños (13 por ciento; 23/171) informó de haber bebido la ingesta de leche diaria recomendada de tres tazas o más. Las niñas informaron que bebían menos leche que los niños, pero no se observaron diferencias en la ingesta por etnia.

La Academia Estadounidense de Pediatría y las Pautas Alimentarias 2015 para los estadounidenses recomiendan de dos a tres tazas de leche baja en grasa (1 o 2 por ciento) por día para los niños mayores de 2 años. El estudio también encontró que menos de la mitad (44 por ciento) de los niños que informaron haber bebido menos de una taza al día tenían niveles de insulina en ayunas de menos de 19 microunidades por ml, en comparación con casi tres cuartos (72 por ciento) de los niños que informaron de beber más de dos tazas al día

En general, los niños que consumían menos de una taza de leche al día tenían niveles significativamente más altos de insulina en ayunas (mediana de 23 microunidades por ml) que aquellos que bebían menos de dos tazas al día (15 microunidades por ml), o al menos dos tazas a día (13 microunidades por ml). Después de ajustar por otros aspectos que podrían afectar a los niveles de insulina, incluyendo raza, etnia, sexo, nivel de actividad física, ingesta de bebidas azucaradas, niveles de glucosa y tipo de leche basada en el contenido de grasa, los científicos hallaron niveles más bajos de insulina en ayunas entre los niños que bebían al menos dos tazas de leche al día.

No se observó asociación entre la ingesta de leche y la glucemia o los niveles de lípidos. “Muchos estudios han vinculado las bebidas azucaradas con la obesidad infantil. En contraste, nuestro estudio piloto sugiere que la ingesta de leche no solo es segura sino también protectora contra el síndrome metabólico. Debemos alentar a nuestros niños, especialmente aquellos con obesidad que están en mayor riesgo de resistencia a la insulina y un control glucémico deficiente, a consumir la cantidad diaria recomendada de leche”, concluye Yafi.

Los autores reconocen que sus hallazgos muestran diferencias observacionales en lugar de causa y efecto. Y señalan varias limitaciones, incluido el tamaño pequeño de la muestra, y que el estudio incluye principalmente a niños hispanos que hacen que la generalización de los hallazgos a otras etnias sea incierta.

Fuente: Europa Press

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