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Una herida común cicatriza en un lapso de tiempo relativamente corto. El proceso de cicatrización comprende tres etapas: inflamación, proliferación y regeneración. Las heridas crónicas son aquellas que permanecen en estado inflamatorio y no cicatrizan al cabo de seis meses. Tal es el caso de las úlceras que la leishmaniasis provoca. O el de las heridas de pie diabético, que suelen derivar en amputaciones.

Una forma antigua de tratamiento, que se había dejado de lado con el surgimiento de los antibióticos, está siendo rehabilitada ahora en algunos hospitales de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. En Brasil, se la aplica en el Hospital Universitario Onofre Lopes de la ciudad de Natal, capital del estado de Rio Grande do Norte.

Se trata de la terapia larval o larvoterapia, que consiste en la utilización de larvas de moscas para remover tejidos necrosados, romper la biopelícula bacteriana, eliminar bacterias, y promover el crecimiento de tejido sano. Más allá de su carácter aparentemente repulsivo, este tratamiento se ha mostrado bastante eficiente en la cura de esas heridas persistentes.

Este tema constituye el objeto de estudio de Andrea Díaz Roa, doctoranda en el Laboratorio Especial de Toxinología Aplicada del Centro de Toxinas, Respuesta Inmunitaria y Señalización Celular (CeTICS), un Centro de Investigación, Innovación y Difusión (CEPID) financiado por la Fundación de Apoyo a la Investigación Científica del Estado de São Paulo (FAPESP). Nacida en Colombia y posgraduanda en Ciencias Biomédicas en la Universidad del Rosario, de Bogotá, Díaz Roa es dirigida en el CeTICS por Pedro Ismael da Silva Jr., investigador científico del Instituto Butantan, en São Paulo.

“Ella realizó un trabajo pionero y realmente innovador sobre el péptido antibacteriano sarconesina, producido por la larva de la mosca Sarconesiopsis magellanica”, declaró Da Silva Jr. a Agência FAPESP. Este trabajo se dio a conocer durante la 47ª Reunión Anual de la Sociedad Brasileña de Bioquímica y Biología Molecular, realizada en mayo en la localidad de Joinville (en el estado de Santa Catarina).

Díaz Roa fue la primera en identificar, secuenciar y describir la estructura de ese péptido al que le dio el nombre de sarconesina, en una referencia a la mosca Sarconesiopsis. La idea es utilizar esta sustancia como principio activo en la elaboración de un medicamento. Por ser una molécula relativamente pequeña, la sarconesina puede sintetizarse en laboratorio de manera totalmente artificial. O puede elaborársela mediante ingeniería genética, a través de la introducción de las bases de ADN que la codifican en una bacteria huésped.

“Conocemos su secuencia de aminoácidos, hemos evaluado su actividad antimicrobiana con relación a diversos tipos de bacterias y estamos pensando en efectuar una solicitud de patente”, dijo Da Silva Jr.

Normalmente, los péptidos antimicrobianos actúan rompiendo las membranas de los microorganismos adversarios. Esta acción es puramente electrostática. Las membranas son eléctricamente negativas y los péptidos son eléctricamente positivos. Al atraerse, los péptidos se adhieren a las membranas y les sustraen fragmentos. Los contenidos de los microorganismos se escurren a través de los orificios y las bacterias terminan muriéndose.

“Pero no es esto lo que sucede con la sarconesina. Sabemos que ésta es eléctricamente neutra. Nuestra hipótesis indica que, de alguna manera, los microorganismos la incorporan y el péptido actúa en ellos desde el interior, desestructurando el ADN o el ARN. Aún estamos investigando este mecanismo”, explicó Da Silva Jr.

Díaz Roa comenta que está abordando este tema de dos maneras. Por un lado, transformando la sarconesina en medicamento, sin terapia larval. Por el otro, implementando la práctica de la larvoterapia en Brasil.

Recientemente, la científica estuvo en Estados Unidos visitando el laboratorio de Ronald Sherman, considerado “el padre de la larvoterapia moderna”. El proyecto de Díaz Roa apunta ahora a radicarse en Brasil y empezar a aplicar este procedimiento médico en el país.

“Las moscas se crían en laboratorio y ponen sus huevos sobre material orgánico. Luego se disponen las larvas estériles en el interior de las heridas, donde permanecen entre 24 y 48 horas. En promedio se emplean 20 larvas por centímetro cuadrado. Las heridas quedan cubiertas durante el procedimiento y se las lava tras el retiro de las larvas. Dependiendo del caso, una sola aplicación es suficiente. Las larvas se alimentan únicamente de la parte necrosada de las heridas”, dijo Díaz Roa.

Dejando de lado la repugnancia que la larvoterapia puede provocar, este procedimiento en sí mismo no es más molesto que las propias heridas. Éstas generalmente pican, duelen o exudan.

En los casos de úlceras de pie diabético, la desensibilización que provoca la propia enfermedad impide que los pacientes sientan molestias. Y la terapia larval por sí sola puede promover la reversión total del cuadro.

Con relación a la leishmaniasis cutánea, su acción es únicamente coadyuvante, pues la persistencia de la herida es el resultado de la presencia activa del protozoo del género Leishmania, que inflama la zona. El tratamiento principal en este caso consiste en matar al parásito con medicamentos bastante tóxicos controlados por las agencias de salud. Y el papel de la larvoterapia será el de promover la cicatrización de la herida, cosa que suele tardar bastante tiempo en ocurrir. (Fuente: AGÊNCIA FAPESP/DICYT)

Fuente: COFA

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